sábado, 9 de enero de 2010

Un año de muchas pérdidas

Parecido a 1977 en que murieron muchas personalidades difíciles de reemplazar, fue este año que se no escurre entre los dedos. Incluso hasta llegamos a encontrar coincidencias entre la importancia y el rol que cada uno desempeñaba. En su momento Elvis fue el rey del rock y Michael el del pop, pero aparte fue su yerno. Charles Chaplin tuvo el mismo peso específico de Levi-Strauss en cuanto a los cambios que produjeron en la humanidad. Jackes Prévert y Mario Benedetti, pueden ser comparables como poetas de repercusión internacional. María Callas fue sin dudas para el canto lírico, lo que Mercedes sosa para el popular.
Parangonar a los santiagueños Hugo Díaz (armoniquista) con el violinista Sixto Pallavecino no sería aventurado, tampoco a los directores cinematográfico Mari Soffici o Luis César Amadori con Alejandro Doria. Waldo de los Ríos, fue un gran músico argentino que puso sonido a muchas películas internacionales y Rodolfo Dalera, integrando Los Calchakies participó de la banda sonora de la película Estado de sitio de Costa Gavras dirigido por Mikis Theodorakis. Pero por si fuera poco formó también la orquesta del primero.
Blackie fue sin dudas la máxima referente femenina de la conducción televisiva de manera integral. Era cantante, actriz, periodista, productora y animadora. No es entonces erróneo compararla con un hombre que reunía esos requisitos como casi ninguno en nuestro país y que nos dejara este año: Juan Carlos Mareco Pinocho. Y Olinda Bozán, Leonor Rinaldi y Osvaldo Canónico produjeron un vacío en el humor similar al que en el año que finaliza dejaron Fernando Peña o Andrés Cascioli.
Pedro López Lagar, Roberto Airaldi, Ubaldo Martínez y Ernesto Bianco eran actores que abandonaban la escena en el 77 y Jorge Barreiro con Oscar Ferreiro en el 2009. Mientras que el gran referente de la pintura argentina Benito Quinquela Martín se iba en aquel año el de la historia, Félix Luna lo hacía en éste acompañado por el cantor de tangos Julio Martel y la folklorista Suma Paz. En política Rodolfo Walsh desaparecía en 1977 y este año morían dos artífices del retorno a la democracia: Luis León y Raúl Alfonsín. Y en la música popular este año se despedían Francis Smith y Luis Aguilé, quien no solo coincidía con Mareco en que los dos triunfaron en España, sino que compartieron la misma mujer: Mariquita Gallegos. Y por si fuera poco mueren con horas de diferencia.
En el ámbito religioso, Pio Laghi y el Cura Aguilera llevaban su plegaria a Dios. Incluso la obra de éste último también podría compararse con la de Mónica Carranza y sus “Cara sucias”.
Y en el local las coincidencias no fueron menores. Se iban hace 32 años los máximos referentes masculino y femenino del radioteatro cordobés: Jaime Kloner y Jolié Libois y en este el máximo exponente del comentario deportivo: Víctor Brizuela. Pero no terminan allí las coincidencias en el 77 Ricardo Smider anunciaba la muerte de su periodista deportivo Norberto Sucal, para seguirlo pocos días después.

jueves, 7 de enero de 2010

Se fue un pedazo de nuestra adolescencia

Los sábados a la tarde del 64, nos encontraban sentados como zombis frente al televisor. Un diminuto periodista y animador nos hipnotizaba con sus malabares. Cámaras ocultas, viajes por el mundo, artistas internacionales, autos que entraban a un estudio de televisión colmado de público, jóvenes figuras que se iban consolidando y destrezas de todo tipo.
Solo nos levantábamos, cuando llegaba la hora de “producirnos”, como se dice hoy u “emperifollarnos”, como se decía antes, para ir a bailar.
Eran nuestras primeras incursiones en el mundo de “Resonancias Musicales” con Enrique del Campo y Bety Román o “Ronda Juvenil” con José González.
Y justamente fue este último el que lo trajo. Era un muchachito de 19 años, flaco, menudo y con un jopo igualito a Elvis Presley que mirábamos absortos todos los sábados en el programa de Pipo Mancera. A mí me deslumbraba, porque tenía toda la desfachatez y el atrevimiento que mi edad reivindicaba. Pero era más que eso. Era una versión nacional de Elvis. El mismo que yo había visto de chico en alguna película porque me llevaron mis padres. Pero yo lo entendía porque cantaba en castellano.
Cantaba rock and roll, se contoneaba, se echaba hacia atrás flexionando las rodillas de tal manera, que tocaba el suelo con la espalda y la refregaba contra el suelo. Bailaba desaforadamente sin dejar de cantar, se vestía con ropa de cuero y culminaba la actuación arrojando la campera al público que enloquecía en cada presentación suya.
Yo iba todas las tardes a la confitería El Molino, en la Avenida General Paz, como todos los jóvenes de la época. Y en una de esas tardes mientras subía al ascensor de la confitería me encuentro frente a frente con ese morochito desgarbado que me deslumbraba sábado a sábado. No podía creerlo. Y esta no era una canción de Jairo y Salzano. Estaba solo en un ascensor con el mismísimo Sandro. Claro que el de aquella época no era el mismo. Era un chico que recién empezaba, que tenía pocos años más que yo y que solo les gustaba a unos cuantos rebeldes como yo.
Ni nenas, ni fanáticos había a su alrededor. Solo él y yo en un ascensor, en un largo viaje de dos pisos. Pero ni lo miré de frente, ni lo saludé, ni mucho menos le dije: ¿Vos sabés, yo te veo todos los sábados por televisión? No vaya a ser cosa que se “piye” (agrande).
Pero compraba sus discos, lo fui a ver a un festival en La Falda que animaba un gordo de más de cien kilos, que con los años me enteré que se llamaba Héctor Larrea, que recién empezaba y que a partir de allí fue su presentador personal en todas las giras.
Y bailaba sus temas en los asaltos y coleccionaba sus discos y lo miraba absorto por televisión todos los sábados. Es decir fue parte de mi adolescencia, de mi debut en los bailes, de mi noviazgo y de los primeros discos que puse en mi flamante Winco. Su resistencia a morir, en realidad era nuestra resistencia a que muera nuestra adolescencia. Gracias Sandro.